La Estrategia de Seguridad Nacional de EE UU evoca una cosmovisión del mundo que recuerda al imperialismo chino
En la nueva Estrategia de Seguridad Nacional norteamericana, la impronta china atraviesa el texto como una presencia ubicua que moldea fondo y forma. Para empezar, conviene señalar que se trata de un documento plagado de contradicciones, donde se afirma, sin rubor ni matiz, una cosa y su contraria. Proclama la predisposición hacia el no intervencionismo, salvo cuando los intereses nacionales dicten lo contrario, como acaba de ocurrir en Venezuela. Afirma no haber “nada incoherente ni hipócrita” en mantener relaciones estrechas con regímenes autoritarios, mientras acusa a los europeos de dañar la democracia. A ratos, el escrito parece una colección de fragmentos desconectados, un conjunto de retazosde declaraciones, ideas sueltas y generalidades sin continuidad. En la sección de América Latina, se intuye la mano del secretario de Estado, Marco Rubio; en los pasajes sobre Europa, la inquina del vicepresidente Vance. Pero bajo esas contradicciones internas, a modo de forro envolvente, late el principio rector del América Primero, en una visión que recuerda por momentos a la concepción clásica del poder imperial chino, fundamentada en ideas como el Mandato del Cielo y Tianxia (“todo bajo el cielo”), que concebían al emperador como centro legítimo de un orden jerárquico mundial. Una cosmovisión que se manifiesta en un sistema de círculos concéntricos de influencia, definidos por la proximidad geográfica y la afinidad cultural con el núcleo civilizatorio, donde el Imperio del Centro ocupaba la posición dominante, y en la lejana periferia habitaban los pueblos bárbaros. Las relaciones exteriores respondían a la lógica del vasallaje simbólico, bajo el principio de no injerencia, salvo cuando la periferia representaba una amenaza directa a la estabilidad del centro. El emperador era la fuente última de autoridad, por encima de cualquier principio de legalidad o Estado de derecho, y ejercía el poder a través de una ley emanada de su persona, dando lugar al Leviatán despótico sobre el que han escrito los premios Nobel Acemoglu y Robinson.